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09 de Febrero de 2018

¿Percibimos a Cristo en los acontecimientos cotidianos de nuestra vida?

“Y Moisés apacentaba el rebaño de Jetro su suegro, sacerdote de Madián; y condujo el rebaño hacia el lado occidental del desierto, y llegó a Horeb, el monte de Dios. Y se le apareció el ángel del SEÑOR en una llama de fuego, en medio de una zarza; y Moisés miró, y he aquí, la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía. Cuando el SEÑOR vio que él se acercaba para mirar, Dios lo llamó de en medio de la zarza, y dijo: ¡Moisés, Moisés!  Y él respondió: Heme aquí” (Éxodo 3:1-2, 4).

 

En el Antiguo Testamento, en ocasiones puntuales y en momentos especiales, Dios hizo uso de lo que en teología se llama “teofanía”. Una teofanía es definida como la visible manifestación o aparición de Dios ante el hombre, identificándose en muchas de ellas como el ángel del SEÑOR (Gn16:7-14; Jue 2:1-5; 6:11- 24; 13:2-24).  Éxodo 3 nos habla de uno de estos momentos especiales; Dios se aparece a Moisés en una zarza ardiente que no se consume. Moisés identifica el fenómeno como algo insólito, y sumado a la voz de Dios dándole instrucción de lo que debía hacer ante su presencia, confirma que Dios mismo le está hablando. Dios lo llama, Se le revela y lo comisiona para realizar la gran misión de liberar a su pueblo Israel de la servidumbre en Egipto.

Pero, y hoy, ¿nosotras qué hacemos?, ¿acaso ya no tenemos teofanías en nuestro diario vivir? Aunque Dios es Todopoderoso y puede hacer lo que le plazca, hemos entendido que ese tiempo de revelación especial ha pasado, y hoy en día Él nos habla a través de Jesús y de sus palabras plasmadas en la Biblia por medio de su Espíritu Santo (He1:1-3; Jn14;16-18; 16: 7-14).

El otro día presencié en mi vida una especie de teofanía, obviamente, guardando las diferencias y sólo usando el término para explicar cómo Dios nos sigue hablando e instruyendo en nuestro andar diario. Estaba en un lugar en donde el servicio que pagué no se me había brindado al 100%. En el pleno uso de mi naturaleza pecadora, con mi entendimiento nublado, proseguí a exigir mis derechos adquiridos, pero lamentablemente y para mi vergüenza, lo hice con expresiones verbales cargadas de orgullo, prepotencia y egoísmo. Esa descarga la hice sobre una persona, una mujer, que, aunque sus formas de responderme no fueron las más sabias y correctas, yo, la que se supone que vivo en la luz, fui la que más ofendió. En ese momento, entre ella y yo se produjo una herida, una ruptura de la cordialidad en nuestros encuentros, una ruptura en la relación. Al otro día, cuando me tocaba recibir el servicio ya pagado, nuevamente en ese lugar, mi corazón estaba inquieto, avergonzado; pero mi orgullo seguía latente y no me dejaba hacer lo que sabía que debía hacer: pedir perdón y procurar la reconciliación.

En ese problema, y en mi discusión o lucha interna de lo que tenía o no que hacer, ahí vi a Cristo, no visiblemente como Moisés vio a Dios en la zarza ardiente, pero en el conflicto vi el propósito de la cruz, vi mi necesidad de la cruz, vi lo que se logró en la cruz. Era como si al evaluar lo sucedido y mi reacción incorrecta ante los hechos vividos, yo estuviera oyendo a Cristo, diciéndome: “Esto es pecado, yo pagué por eso y mi resurrección te garantiza que el pecado ya no tiene poder sobre ti; así que no hay excusas, ve, perdona como yo te he perdonado.” El que se manifestó en medio de una zarza ardiente estaba ante mis ojos diciéndome que hacer; el Espíritu Santo dándome convicción de pecado y la imagen de Cristo en la Cruz recordándome lo que hizo, trajo perdón y reconciliación; y yo, como embajadora suya no podía hacer menos de ahí.

Todas nosotras en nuestro diario vivir tenemos relaciones o situaciones difíciles, y cada una de ellas es como una zarza ardiendo. La Palabra de Dios es la voz audible de Dios a través de la situación en curso. En cada minuto de nuestro existir, Dios está presente. En cada cosa que nos pasa, Dios tiene un propósito; en cada momento o situación de nuestras vidas, Dios tiene algo que enseñarnos, y que decirnos. Dios debe ser glorificado en todo; la pregunta para nosotras es, si lo estamos escuchando y si lo queremos ver. ¿Has identificado tu zarza ardiente?, ¿has tapado tus oídos a la voz de Dios?  Recuerda que servimos a un Dios tres veces Santo y nuestra respuesta para Él debe estar a la altura de lo que Él es. Lo excelso de Dios es que aun cuando nuestro orgullo nos impida hacer su voluntad, pero logramos superar ese sentimiento, y la hacemos finalmente, las recompensas son maravillosas. Les cuento que fui al día siguiente y pedí perdón de forma sincera, y el alivio de mi alma y el gozo de haber obedecido no tuvo comparación. Te invito a estar más apercibida de lo que pasa a tu alrededor, y tratar de ver a Cristo hasta en las cosas más sencillas y cotidianas de la vida, respondiendo en obediencia a su llamado.  

¡Él ha prometido estar con nosotras todos los días, hasta el fin del mundo!

¡Señor, que tu presencia vaya con nosotras y nos des descanso, así como has prometido!

 

 

Charbela Elhage de Salcedo

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