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02 de Noviembre de 2018

Errores más comunes al crear un ministerio de mujeres

Por  Ysabel Andrickson

Serie: Cómo crear un ministerio de mujeres

 

Quizás has escuchado decir “lo que vale la pena hacer, vale la pena hacerlo bien”, pero cuando se trata de servirle al Señor esto va más allá, pues, solo puede hacerse bien si se hace a la manera de Dios.

Y ¿qué significa hacerlo bien en el caso de crear un ministerio de mujeres para la iglesia local?  Creo que el siguiente versículo responde a esta pregunta:

El que habla, que hable conforme a las palabras de Dios; el que sirve, que lo haga por la fortaleza que Dios da, para que en todo Dios sea glorificado mediante Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén. 1ª Pedro 4:11

En palabras llanas se trata de hacer lo que Dios nos ha dado para hacer (en este versículo, hablar las palabras que Él mismo nos ha dado para hablar) y hacerlo en dependencia absoluta de Él; o, como lo dijo el autor de Proverbios en 3:5-6 “Confía en el Señor con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propio entendimiento. Reconócele en todos tus caminos y Él enderezará tus sendas.”

En interpretación a contrario, cuando no dependo de Él sino en mi propio entendimiento, no Lo estoy reconociendo en todos mis caminos y, por tanto, Él no enderezará mis veredas.  En consecuencia, cometeremos errores que nos dañarán a nosotras mismas, a las mujeres a quienes pretendemos servir, al cuerpo de Cristo y por ende, a Cristo mismo (Hch. 9:4-5).

¿Cómo lucimos cuando queremos iniciar un ministerio de mujeres sin hacer lo que Él nos ha dado para hacer y sin depender de Él, de Sus fuerzas? Mostramos algunas de las características de Saúl en 1ª Samuel 13, él hizo algo que valía la pena hacer, pero no lo hizo bien (vs. 8-9); veamos:

1. Falta de oración y dependencia de Dios;

2. Actuar de manera impulsiva sin esperar el tiempo de Dios olvidando que en la espera Dios moldea nuestro carácter y nos da la madurez, paciencia, dominio propio que necesitaremos para servir a las mujeres que Él traerá al ministerio;

3. Falta de entendimiento de las instrucciones de Dios, por eso es importante conocer la teología detrás de lo que hacemos;

4. No someternos a las autoridades espirituales que Él ha puesto sobre nosotras queriendo actuar de manera independiente;

5. Buscar la aprobación de la gente más que la de Dios;

6. Por orgullo, atribuirnos funciones que no nos corresponden y en lugar de actuar como miembros de un cuerpo que somos, dando preferencia a otras o  creando comités cuyas integrantes representen diferentes intereses en la iglesia, lo hacemos con un sentido de individualismo o solo en base a preferencias, ni siquiera tomando en cuenta la madurez de aquellas que invito a integrarse.

7. Problemas relacionales entre las promotoras del ministerio (acusaciones de unas a otras, no asumir responsabilidad personal por errores cometidos; lucha de poder);

8. Falsas expectativas con la receptividad del ministerio, temor al rechazo de las personas. La oposición no es el obstáculo para concluir Su obra, si no pregúntenle a Nehemías.

9. Hacer del ministerio un ídolo, buscando allí nuestra identidad. Y con eso provocamos a Dios.

Si esta actitud egocéntrica de Saúl al realizar algo ‘para el Señor’ sin tomarlo a Él en cuenta, te hizo verte reflejada allí actuando en tu propia prudencia, sirviendo a tus emociones y escuchando solo tu propia voz, quiero que sepas que también me he identificado con la terquedad de Saúl; contrario a éste, en Su misericordia Dios me mostró (y dio arrepentimiento) el pecado de la idolatría del ministerio que me dejó drenada, desanimada, sin deseos ni interés de continuar.

Tan pronto hacemos del ministerio un ídolo, nos estamos sirviendo a nosotras mismas, no a las mujeres a quienes somos llamadas a ministrar y mucho menos a Dios. La obra de Dios se hace a la manera de Dios o deja de ser la obra de Dios.

 

 

Ysabel Andrickson

Publicado originalmente en Lifewaymujeres.com

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