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11 de Mayo de 2020

Pactador eterno: ¿Avanzamos con Cristo sin mirar hacia atrás?

“Pero Jesús le dijo: Nadie, que después de poner la mano en el arado mira atrás, es apto para el reino de Dios" (Lucas 9:62).

El costo de seguir a Jesús se presenta en el capítulo 9 del evangelio de Lucas, desde el versículo 57 al 62. Dejar que otro sepulte a tu padre o que no te despidieras de tu familia significaba que Jesús era prioridad, Él estaba antes que los deberes familiares o las obligaciones religiosas. 

La respuesta de Jesús no era algo que debía tomarse a la ligera, hoy día tampoco debemos dar por sentado que ser un discípulo del Señor sea algo para tomar a la ligera; para seguir a Jesús debemos estar dispuestas a transferirle nuestra lealtad de manera radical. 

Jesús dejó clara una verdad que sus discípulos de ayer y de hoy debemos entender: Servir a Su Causa demanda nuestra completa dedicación.

En la frase que expresa el no ser “apto para el reino de Dios” nos da la certeza de lo radical del costo del discipulado.  Es decir que no podemos pretender que se puede ser una discípula “a medias”, porque definitivamente no podríamos realizar la obra de Dios de una manera óptima.

Es posible que más de una de nosotras piense: “Bueno, yo no creo poder llevar un discipulado tan radical viviendo en este mundo; ¿Cómo podría eso ser posible?”  Quizás eso fue lo que el apóstol Pablo dijo en 1 Corintios 2:12-13: “Y nosotros hemos recibido, no el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos lo que Dios nos ha dado gratuitamente, 13 de lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las enseñadas por el Espíritu, combinando pensamientos espirituales con palabras espirituales.”

Como discípulas del Señor Jesús, escogidas por Dios, lavadas con la sangre del Cordero que se inmoló

 por cada una de nosotras, no podemos pensar como “el hombre natural” porque hemos recibido un don, que los discípulos que seguían a Jesús en esa época no tenían aún; poseemos el Espíritu Santo, el que nos quita el temor, nos da valor, nos hace aptas y nos da la dirección para seguir en los pasos de Jesús nuestro salvador y gran sumo sacerdote. Él no es como esos sacerdotes del antiguo pacto, Jesús es Dios, hecho hombre, el que conoce nuestras debilidades. Él se hizo débil, renunció a sus privilegios, adoptó la humilde posición de hombre, se hizo siervo por obediencia a Dios Padre, sufrió esa horrible muerte en la cruz, pagando el castigo que nos correspondía a cada una de nosotras.  Pero ahora es nuestro sacerdote: “que no necesita, como aquellos sumos sacerdotes, ofrecer sacrificios diariamente, primero por sus propios pecados y después por los pecados del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, cuando se ofreció a sí mismo. 28 Porque la ley designa como sumos sacerdotes a hombres débiles, pero la palabra del juramento, que vino después de la ley, designa al Hijo, hecho perfecto para siempre” (Hebreos 7:27-28).

Por esta razón no podemos poner dilación y atender a Su llamado, y una vez que hemos puesto las manos en el arado, debemos enfocar nuestra mirada en aquel que nos ha dado el don de la fe; en Él, que “nos ha dado preciosas y grandísimas promesas para llegar a ser participantes de la naturaleza divina” las cuales nos ayudan a escapar de la corrupción de este mundo (2 Pedro 1:4).

Es por ello por lo que debemos desforzarnos al máximo para seguir mirando hacia adelante y no torcer el camino y alcanzar toda la abundante y excelente provisión que nos aguardan conforme a Sus promesas.

Amadas hermanas, personalmente tengo más de veinte años en el evangelio, pero realmente les aseguro, que es desde hace unos cuatro o cinco años, que tengo la certeza de que se puede proseguir a la meta del llamado de Jesús sin mirar atrás. Hoy por hoy les puedo afirmar que, si ponemos nuestro enfoque en Jesús, en su obra, y nos relacionándonos estrechamente con Él cada día, en todo momento, en oración, en la lectura y meditación de Su palabra, Él nos ayuda y nos guía por medio del Espíritu Santo que mora en cada una de nosotras, si somos creyentes, por supuesto. ¡Con los ojos puestos en el Autor y Consumador de la Fe, corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, sin mirar atrás! (Hebreos 12:1-2).

Siempre habrá tropiezos, pero nuestro Gran Sumo Sacerdote está ahí mirándonos e intercediendo por cada una de nosotras (Hebreos 7:24-25; 4:14-16).

Concluyo con estos versículos del evangelio de Juan, cuando Jesús y Natanael se encontraron:

“Mientras ellos se acercaban (Felipe y Natanael), Jesús dijo: Aquí viene un verdadero hijo de Israel, un hombre totalmente íntegro.

¿Cómo es que me conoces?—le preguntó Natanael.

—Pude verte debajo de la higuera antes de que Felipe te encontrara—contestó Jesús” (Juan 1:47-48 NTV).

Jesús nos ve donde quiera que estamos, no importa lo que estemos haciendo. ¡Él nos conoce muy bien, ¡es nuestro Ayudador! Si le encomendamos nuestros caminos y confiamos en Él, tenemos la certeza que actuará para nuestro bien, porque así lo dice su Palabra (Salmo 37:5).

 

¡Bendiciones!

 

 

María del Carmen Tavárez

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