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20 de Mayo de 2020

Cristo, ¡El Sacerdote modelo, único, perfecto e inmutable!

“El SEÑOR ha jurado y no se retractará: Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec” (Salmo 11:4).

Quiero iniciar mi reflexión compartiéndoles antes, una sencilla experiencia de nuestro diario vivir.  En casa tenemos un balcón, que, aunque es una maravilla en estos días de calor, poder abrir la puerta, en especial en las noches nos es imposible, ya que los murciélagos entran y nos hemos visto en la necesidad de cerrar dicha puerta. Estamos pensando en poner una malla que tenemos aquí guardada, que, aunque no es para ese uso, pues no tiene la fuerza necesaria y no es para nada bonita, pudiera servir temporalmente como una solución a nuestro problema. Lo ideal sería poner la malla definitiva, la que esta hecha para eso, la que impide la entrada de cualquier tipo de ave, no importando la velocidad de su vuelo. ¡Pero aún no la tenemos!

Esta situación me llevó a pensar en el problema que tenían los judíos en el Antiguo Testamento con el asunto del pecado. Si leemos las Escrituras, nos percataremos de que cada año, para la remoción del problema del pecado, el sumo sacerdote debía ofrecer un holocausto como ofrenda para el perdón de los pecados. Imagínense, año tras año lo mismo, una ofrenda, primero para que Dios perdone sus propios pecados, pues es un hombre pecador e imperfecto, y luego una ofrenda por los pecados del pueblo. Y ni hablar de lo que en cada sacrificio pasaría por la mente de ellos: ¿Se habrá presentado un cordero perfecto?, ¿habrá Dios perdonado los pecados del sumo sacerdote?, ¿aceptará Dios el sacrificio?

Se calcula que 84 sumos sacerdotes pasaron desde Aarón hasta la destrucción del templo por los romanos, 84 hombres que sirvieron de mediadores entre Dios y el pueblo. Los mismos eran cambiados porque morían, ya que además de imperfectos, tampoco eran eternos. Por eso pienso, que año tras año pudo persistir en la mente del pueblo la duda sobre la aceptación por parte de Dios del sacrificio ofrecido, o que también el pueblo de Dios anhelaba, posiblemente, una solución permanente a su problema del pecado. Como seres humanos todos buscamos solucionar lo que nos resulta problemático; así fue como inicié mi reflexión, por supuesto, guardando las diferencias, tratando de encontrar algo definitivo como protección para nuestro hogar.

Pero volviendo al pueblo judío, la solución permanente con respecto al pecado llegó. La Biblia testifica que Jesús, el Cordero Perfecto, fue a la cruz, y como un sumo sacerdote se ofreció a sí mismo como ofrenda para el perdón de los pecados. Dicen las Escrituras que Jesús cerca de su último respiro pronunció la palabra “tetelestai”, que significa, “consumado es” (Juan 19:30). La deuda fue pagada en su totalidad, el Padre la había recibido con agrado, y ahora podemos estar seguras de que el perdón de los pecados fue aceptado. Lo mejor de todo es que fue una vez y para siempre (Hebreos 7:26-27).

Este sacerdote era especial, era único, como nos dice la Escritura que lo fue el sacerdote Melquisedec (rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo) en Hebreos 7; sin duda, un tipo de Cristo. Ambos únicos, porque su sacerdocio no se les dio porque su linaje venía de la tribu de Levi, como establecía la ley. Un sacerdote único porque ambos, además de sacerdotes fueron reyes. Un sacerdote único porque no tiene ni principio ni final. Un sacerdote único por su oficio inmutable e intransferible, que lo lleva a ser el único mediador entre Dios y el hombre (1 Timoteo 2:5).  Un sacerdote único porque nadie como Él para poseer las virtudes que lo adornaban (Hebreos 7:26). Un sacerdote único, por ser el que pudo ofrecer el sacrificio una vez y para siempre (Hebreos 10:11-12, 14). Jesús es nuestro Gran Sumo Sacerdote Único, porque “es poderoso para salvar a los que por medio de Él se acercan a Dios, puesto que vive eternamente para interceder por ellos” (Hebreos 7:25).  Jesús, el Hijo de Dios, trascendió los cielos, se compadece de nuestras flaquezas, pues nos conoce; Él fue tentado en todo como nosotras, pero sin pecado; y es por ello que podemos acercarnos a Él en fe, con toda confianza ante su trono de gracia para alcanzar misericordia y su ayuda oportuna (Hebreos 4:14-16; 2:17-18).

Se nos pregunta si a pesar de las pruebas estamos dispuestas a seguir adelante con nuestra fe. ¡Claro que sí! No estamos solas, ni somos huérfanas; contamos con la Gracia de nuestro Gran Sumo Sacerdote, quien nos ha dado promesas para esta vida y la venidera, y que nos ha asegurado que estará con nosotras todos los días, hasta el fin del mundo (Mateo 28:20b).

Hay problemas que se nos presentan que conciernen a este mundo material, que nos ansían, nos alteran, y nos enfocamos en ellos en busca de solución, pero me he dado cuenta de que el problema mayor de nuestra existencia es el pecado, y ya fue solucionado por el Rey de Paz y de Justicia, CRISTO, nuestro Perfecto Sumo Sacerdote.

Él está dispuesto a perdonarnos siempre “si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad” ¡Él es además nuestro Abogado ante el Padre! (1 Juan 1:9; 2:1).

Charbela Elhage de Salcedo

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