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27 de Mayo de 2020

Jesús es tu Sacerdote Salvador, ¿es también tu Rey y Señor?

“Y en su manto y en su muslo tiene un nombre escrito: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES” (Apocalipsis 19:16).

El Señor en Su Palabra nos enseña cómo eran consagrados los sacerdotes en el Antiguo testamento (Éxodo 29); también nos habla de cómo ordenó que serían sus vestiduras (Éxodo 28; 39), y a mí me llama la atención lo detallista de nuestro Señor, y cómo estos detalles nos muestran Su Santidad,  Él especificó cómo debía ser cada parte de la vestidura: el pectoral,l el efod, el manto, la túnica tejida a cuadros, la tiara, el cinto, las piedras preciosas y campanillas de oro que tendrían etc. Pero me llama aún más la atención el contraste entre  las vestiduras y prendas sacerdotales de Aarón, sus hijos y descendientes levitas y las de nuestro Señor Jesucristo, de quien las Sagradas Escrituras no nos dicen  que cuando vino a este mundo tuviera ropas o prendas finas, todo lo contrario, en esta ocasión, al Padre le plació que el nacimiento de Jesús, su vida y todo su entorno consistiera en muy pocos o nada de lujos terrenales, sin embargo, todas estas vestiduras de los sacerdotes para honra y hermosura, tipificaban a Cristo; su vida es la santidad misma y Él es el más hermoso de los hijos de los hombres (Sal.45:2ª).

En el Antiguo Pacto, una de las funciones de los sacerdotes o levitas era enseñar la Palabra al pueblo (Levítico 10:11, Malaquías 2:7); otra era ofrecer ofrendas en el templo. Los sacerdotes ofrecían ofrendas diariamente en el templo, y el sumo sacerdote presentaba ofrenda y sacrificios por los pecados, tanto por sí mismo como por el pueblo, esto lo hacia una vez al año, el día de la expiación, entrando luego con la sangre expiatoria al lugar santísimo, donde moraba la presencia de Dios y la rociaba sobre el propiciatorio (Hebreos 9:7). Tenemos en el sumo sacerdote un tipo de Cristo, el gran mediador entre Dios y los hombres, mediante el cual establecemos contacto con el Padre, y quien perdona todos nuestros pecados. ¡Cristo es el verdadero mediador! (1 Timoteo 2:5-6; Hebreos 5:7-10; 9:11-12; 10:11-14, 19-23). Sin embargo, a diferencia de los sacerdotes levíticos, Jesús como nuestro Sumo Sacerdote, no necesita primero ofrecer sacrificios por sus propios pecados y después por los del pueblo, porque se sacrificó Él mismo por nuestros pecados, una vez y para siempre (Hebreos 9:11-12; 10:12-14, 19-23). Podemos entonces acercarnos con confianza al trono de la gracia para recibir misericordia (Hebreos 4:16). ¿No es esta la mejor noticia que hemos escuchado?

Nuestro Señor Jesucristo es un Sumo Sacerdote superior al sacerdocio levítico; desde Hebreos 1, el autor nos dice que Él es superior a los ángeles, a Moisés, al sumo sacerdote Aarón y a todos los sacerdotes, Él es sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec. En el capítulo 6 del mismo libro, hablando sobre la esperanza puesta delante de nosotras, de la cual debemos asirnos, confiadas en la seguridad  de la promesa dada por Dios  a Abraham, sustentada en su inmutabilidad y  su juramento interpuesto, en los versículos del 19 al 20, se nos dice: “La cual tenemos como ancla del alma, una esperanza segura y firme, y que penetra hasta detrás del velo, donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho, según el orden de Melquisedec, Sumo Sacerdote para siempre”. ¡Qué promesa tan hermosa y esperanzadora!  O sea, Jesús no es solo nuestro Sumo Sacerdote, aquel que se ofreció a sí mismo como cordero para limpiarnos y perdonarnos, sino también que lo es para siempre. Las Escrituras no nos dan muchos datos de Melquisedec; sí nos dicen que su nombre “significa primeramente rey de justicia, y luego también rey de Salem, esto es, rey de paz, sin padre, sin madre”, y nos dicen que él no tiene genealogía, ni “principio de días ni fin de vida, siendo hecho semejante al Hijo de Dios, permanece sacerdote a perpetuidad” (Hebreos 7:2b, 3)

Volviendo a nuestro Sumo Sacerdote eterno, es usual que pensemos del Señor Jesucristo solo como nuestro Sacerdote, aquel que se ofreció a sí mismo como Cordero sin mancha y perfecto, que nos ha salvado de nuestros pecados, de la condenación, de la muerte, del enemigo de nuestras almas (Satanás), pero ¿Cuántas veces lo vemos como nuestro Rey y Señor?  ¿Lo vemos como aquel a quien tenemos que dar cuenta, al cual debemos consultar en oración antes de tomar decisiones?  ¿Le reconocemos como el Rey a quien tenemos que rendirnos a Sus pies y entregarle toda nuestra vida? ¿Es Jesús para nosotras el Señor a quien tenemos que obedecer?

En Lucas 6:46, Jesús nos dice; ¿“Y por qué me llamáis: “Señor, Señor”, ¿y no hacéis lo que yo digo? Amada hermana, si con nuestros labios llamamos a Jesús nuestro Señor, pero con nuestras vidas no lo honramos, no estamos viviendo bajo el Señorío de Cristo; las palabras son fáciles para decir, pero difíciles en ocasiones para cumplirlas. Mandatos que nos da el Señor como: amar a los enemigos, ser santas en toda nuestra manera de vivir, perdonar a los que nos ofenden, poner la otra mejilla, devolver bien por mal, es lo que el Espíritu Santo que mora en nosotras quiere que hagamos, sin embargo, nuestra naturaleza pecaminosa se resiste, es como nos dice la Palabra, una lucha de la carne y el Espíritu (Gálatas 5:17). Todo cristiano que quiera hacer la voluntad de Dios mientras esté en el proceso de santificación, se verá en esta lucha entre complacer los deseos de la carne o hacer la voluntad de Dios. Podríamos vernos tentadas a decir que no es tan fácil la lucha, ciertamente no lo es, pero la buena noticia es que contamos con la ayuda del Señor. Él está más interesado que nosotras en que le obedezcamos; a nosotras nos toca aprender a depender de Dios. El Señor como nuestro Sumo Sacerdote y cordero expiatorio nos da salvación, y como nuestro Rey y Señor nos demanda obediencia.

Amada hermana, algo que debemos tener pendiente es que nuestro Dios es un Dios celoso con sus hijas; su iglesia es su novia.  Imagínense a un novio comprometido totalmente con su novia, que tiene exclusividad con ella, es fiel, entregado, amoroso, detallista, pero su novia sólo está comprometida a medias, sale con él, pero no exclusivamente, sino que también tiene otros amoríos. ¿Cómo se sentiría este novio? Defraudado, engañado, entristecido; ese novio espera que su novia sea leal y le corresponda de igual manera, ¿cierto? ¡cuánto más nuestro Señor Jesucristo!  Él es quien nos ha amado con amor eterno, nos ha perdonado y ha dado su propia vida por nosotras; Él espera que seamos fieles, entregadas y sometidas a Él, que no compartamos el amor que tenemos hacia Él con otros amores, que no solo lo veamos como nuestro Salvador sino también como nuestro Señor, que tiene autoridad sobre nuestras vidas, quien por sobre todas las cosas, es digno de ser obedecido y reverenciado como Rey.

En el salmo 45, el salmista expresa lo siguiente: “Rebosa en mi corazón un tema bueno; al Rey dirijo mis versos; mi lengua es como pluma de escribiente muy ligero. Eres el más hermoso de los hijos de los hombres; la gracia se derrama en tus labios; por tanto, Dios te ha bendecido para siempre. Ciñe tu espada sobre el muslo, oh valiente, en tu esplendor y majestad” (v.1-3). ¡Oh, pero que expresión más hermosa la del salmista, admirando la belleza, el poder, la majestad del Rey!    Hermanas, nuestro amado Señor es hermoso, Su amor es un deleite. Su pureza nos maravilla, Su santidad nos humilla; con razón Pedro al ver su santidad, dijo lleno de temor: ¡Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador! (Lucas 5:8b).  Ver la santidad de nuestro Rey nos hace ver más claramente nuestra pecaminosidad, pero el Señor no nos deja desesperanzadas, sino que nos recuerda que nuestra esperanza ante el Juez Santo es el Hijo. Jesús es nuestra justicia; así como Él alentó a Pedro y le dijo que no temiera, así nos alienta a nosotras; por eso y por más, nuestro Cristo es digno de todo nuestro afecto, amor, honra y entrega. Él es nuestro Sacerdote, pero también es nuestro amado Rey, nuestro Jesús es glorioso; los serafines, dicen: "Santo, Santo, Santo, es el SEÑOR de los ejércitos, llena está toda la tierra de su gloria” (Isaías 6:3), al contemplar Su gran majestad.  Adoremos al cordero que fue inmolado con nuestros labios, pero también con nuestras acciones. ¡Él es merecedor de loor! ¡Alabanzas al Rey!

Apocalipsis 19:16 nos dice: “Y en su manto y en su muslo tiene un nombre escrito: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES”. Cuando nuestro Señor Jesucristo venga por segunda vez, vendrá a establecer Su reino. Su primera venida a la tierra fue como sacerdote y ofrenda a la misma vez, vino a morir por nuestros pecados (Juan 12:27, 1 Timoteo 1:15, 1 Juan 4:9-10); en su segunda venida, Él vendrá a la tierra como Rey a reinar (Lucas 1:30-33, Apocalipsis 19:6). ¿Arde tu corazón esperando al REY y SEÑOR Jesucristo?

Luz Tavárez

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