«Un mandamiento nuevo les doy: “que se amen los unos a los otros”; que como Yo los he amado, así también se amen los unos a los otros. En esto conocerán todos que son Mis discípulos, si se tienen amor los unos a los otros» (Jn 13:34-35).
Amar al prójimo no era una idea nueva cuando Jesús pronunció estas palabras. El libro de Levítico ya lo mandaba. Lo que Jesús introduce aquí no es el concepto, sino el estándar; una frase que lo cambia todo: «como Yo los he amado». No simplemente que nos amemos, sino que, a la hora de amar al otro, lo hagamos a la medida de cómo Él nos amó a nosotros.
¡Qué estándar tan alto! La manera en que Cristo nos amó fue dando Su vida. Juan escribió en su primera carta: «En esto conocemos el amor: en que Él puso Su vida por nosotros. También nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos» (1 Jn 3:16). No es un amor que espera condiciones favorables. No es un amor que se da solo cuando recibe primero. Es un amor que se vacía, que pone al otro por encima de uno mismo y que sirve sin esperar reconocimiento ni calcular el costo.
El problema es que hay algo en nosotros que resiste este amor con toda su fuerza. El «yo» no ama, quiere ser amado; el «yo» no sirve, desea ser servido. Y mientras el «yo» gobierne, el amor sacrificial será un ideal hermoso que nunca aterrizará en la vida real. Por eso Juan nos exhorta a no quedarnos en la teoría: «Hijos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad» (1 Jn 3:18). El amor que Jesús describe no es un sentimiento que se declara en palabras; es una decisión que se practica y que tiene un costo real.
¿Cómo podemos amar así? La única manera es muriendo al «yo» que quiere ocupar el centro. No podemos alcanzar este estándar por esfuerzo propio, sino permitiendo que el Espíritu que mora en nosotros viva la vida de Cristo a través de nosotros. Por eso Pablo escribió a los romanos: «Sean afectuosos unos con otros con amor fraternal; con honra, dándose preferencia unos a otros» (Ro 12:10). Dar preferencia al otro es precisamente eso: ceder el lugar que el «yo» quería ocupar.
Se dice que, en los primeros siglos de la iglesia, los paganos del Imperio romano que observaban a los creyentes exclamaban asombrados: «¡Miren cómo se aman!». No lo decían porque los cristianos predicaban sobre el amor, sino porque lo veían en sus vidas. Había algo en esa comunidad que no tenía explicación natural: una manera de amar que solo podía venir de vidas transformadas por Alguien que amó primero y que amó hasta el final.
Eso es lo que el mundo sigue necesitando ver: no una iglesia que hable de amor en sus cultos, sino una comunidad donde el amor sacrificial sea visible de maneras concretas, como en quien cede su lugar, en quien sirve sin reconocimiento o en quien permanece cuando sería más fácil irse.
Únete cada miércoles al tiempo corporativo de oración y ayuno, y usa estos motivos como guía de intercesión.
Motivos de oración
Por un genuino arrepentimiento por las veces que hemos amado de palabra pero no de hecho. Que el Señor nos muestre la distancia entre lo que decimos sobre el amor y lo que realmente practicamos.
Para que Dios mortifique en Su pueblo el «yo» que quiere ser amado antes que amar, y produzca por Su Espíritu un amor que da sin calcular lo que recibirá a cambio.
Para que el amor entre los hermanos en nuestras congregaciones sea tan visible e inexplicable que el mundo que nos observa llegue a la misma conclusión a la que se llegó en la iglesia primitiva: estos son discípulos de Cristo.
Para que los creyentes aprendan a amar de maneras concretas, en lo cotidiano: en quien cede su lugar, en quien sirve sin esperar reconocimiento, en quien permanece al lado del hermano difícil cuando sería más fácil alejarse.
Para que las iglesias de Latinoamérica sean comunidades donde los más vulnerables —los pobres, los que están solos, los que no tienen nada que ofrecer— encuentren en ellas un amor que no los busca por un beneficio egoísta, sino que se entrega por ellos de manera sacrificial.
Para que Dios nos conceda ver, con claridad y sin autoengaño, las relaciones específicas en nuestra vida donde el amor sacrificial aún no ha llegado, y nos conceda la gracia para dar ese paso.