«Pero todos nosotros, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu» (2 Co 3:18).
Hay una pregunta que vale la pena hacerse con honestidad: ¿cuánto tiempo pasas contemplando la imagen de Cristo? No estudiándola como un concepto teológico, sino mirándola de verdad; es decir, considerando cómo pensó, cómo sirvió, cómo se relacionó y cómo vivió. Porque Pablo dice algo importante en este versículo: que la transformación no viene de esforzarse más, sino de contemplar más. En la medida en que miramos la gloria del Señor, somos transformados en esa misma imagen.
¿Cómo luce esa imagen en la vida concreta?
Cristo dijo de sí mismo: «aprendan de Mí, que Yo soy manso y humilde de corazón» (Mt 11:29). La mansedumbre no es debilidad; es la decisión deliberada de considerar al otro como más importante que uno mismo. Es alejarse de los propios privilegios, de aquello que uno siente que merece, de los derechos que el «yo» reclama con tanta facilidad. Eso es lo que hizo Cristo: «se despojó a Sí mismo tomando forma de siervo» (Fil 2:7). No lo hizo porque careciera de derechos, sino porque renunció a ellos voluntariamente.
Y luego se arrodilló a lavar pies. En el mismo aposento alto donde enseñó sobre el servicio, añadió algo que es fácil pasar por alto: «Si saben esto, serán felices si lo practican» (Jn 13:17). El gozo que muchos creyentes buscan en otros lugares está, según Jesús, precisamente en esto: en la vida de servicio real, concreto y cotidiano. Parte de la falta de gozo en la vida cristiana tiene que ver con que el «yo» sigue muy vivo; y un «yo» que no ha sido crucificado no puede servir, solo puede exigir.
Cuando no reflejo la imagen de Cristo, lo que sale de mí no es neutralidad. Es el hombre viejo. Son las obras de la carne. El «yo» no se queda quieto, ocupa el espacio que el Espíritu Santo debería llenar. Por eso Pablo conecta la imagen de Cristo con la santidad: fuimos elegidos, dice en su carta a los efesios, «para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él» (Ef 1:4). La imagen de Cristo es una imagen de santidad, una vida que dice «no» a los deseos de la carne y «sí» a los impulsos del Espíritu.
Pero aquí está la buena noticia que Pablo quiere que no perdamos de vista: «Cristo en ustedes, la esperanza de la gloria» (Col 1:27). No se nos llama a imitar a Cristo con nuestras propias fuerzas. Cristo habita en nosotros por medio de Su Espíritu. La transformación es obra Suya; nosotros contemplamos a Cristo y el Espíritu nos transforma. Nuestra responsabilidad es no resistir ese proceso: no aferrarnos al «yo», no proteger lo que Él nos llama a rendir ni apagar el fuego que el Espíritu quiere avivar en nosotros.
Reflejar la imagen de Cristo no es la carga de una vida cristiana difícil, sino el privilegio de una vida cristiana auténtica y, además, el fin al que el Señor nos va conformando día tras día. Lo que aquí practicamos en parte, lo experimentaremos plenamente en la eternidad.
Únete al tiempo corporativo de oración y ayuno, y usa estos motivos como guía de intercesión.
Motivos de oración
• Para que Dios despierte en Su pueblo un hambre real de contemplar a Cristo, no solo de acumular conocimiento sobre Él, sino de mirarlo de tal manera que esa contemplación nos vaya transformando en el poder de Su Espíritu.
• Por un arrepentimiento honesto ante las áreas donde el «yo» sigue en el trono: donde esperamos ser servidos antes de servir y donde defendemos lo que creemos merecer en lugar de rendirlo.
• Para que el Señor arranque de Su iglesia toda forma de liderazgo que exige pero no sirve, que enseña la humildad de Cristo pero no la practica; y para que Él levante, en su lugar, pastores y líderes dispuestos a lavar pies con un espíritu de servicio genuino.
• Para que los creyentes encuentren en Cristo el gozo que Él prometió a quienes le sirven, y dejen de buscarlo donde no está: en el reconocimiento, en la comodidad o en que las cosas salgan como uno quiere.
• Para que Dios nos libre de una santidad de apariencias que cuida la imagen en público pero no ha rendido el «yo» en privado, y que produzca en nosotros una vida que le dice «no» a la carne en lo secreto.
• Para que Cristo, quien habita en Su pueblo como esperanza de gloria, sea cada vez más reconocible en la manera en que los miembros de Su iglesia piensan, hablan y se tratan, hasta que lo que el mundo vea no tenga otra explicación que Él.