«Predica la palabra. Insiste a tiempo y fuera de tiempo. Amonesta, reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción» (2 Ti 4:2).
Hoy iniciamos una nueva etapa de este camino de oración y ayuno. Durante las semanas anteriores hemos clamado por un despertar espiritual, por arrepentimiento, por una iglesia santa y unida. Ahora el Señor nos lleva a orar por algo igualmente importante: que Su Palabra sea predicada con fidelidad, expuesta con precisión y recibida con fe.
Pablo le escribe a Timoteo que debe ser un obrero que «maneja con precisión la palabra de verdad» (2 Ti 2:15). En griego, la palabra «precisión» — orthotomeo — significa literalmente cortar derecho. Es la imagen del artesano que no puede permitirse desviarse ni a la derecha ni a la izquierda, porque cualquier desvío distorsiona el resultado final. Aplicado a la predicación, la enseñanza es clara: cuando un predicador se aparta del texto agregando lo que no dice, quitando lo que incomoda o inclinándose hacia lo que la audiencia quiere escuchar, no está simplemente cometiendo un error técnico. Está traicionando primeramente a Dios, quien es el autor de las Escrituras, pero también a quienes dependen de esa Palabra para vivir.
El modelo de lo que esto significa en la práctica lo encontramos en el libro de Nehemías. Cuando Esdras abrió el libro de la ley ante el pueblo reunido, el texto describe algo sencillo y poderoso a la vez: «Y leyeron en el libro de la ley de Dios, interpretándolo y dándole el sentido para que entendieran la lectura» (Neh 8:8). Leer. Explicar. Dar el sentido. Eso es la predicación expositiva en su esencia: no imponer sobre el texto las ideas del predicador, sino sacar del texto lo que Dios ya puso ahí, y servirlo con claridad al pueblo que necesita comer.
Es una tarea ardua. Hay semanas donde el peso de la vida —una crisis personal, una carga que no se resuelve, el agotamiento acumulado— hace que llegar al texto con la mente despejada sea una batalla en sí misma. Por eso la oración del pueblo por sus pastores no es un simple gesto piadoso. Es una necesidad real. El predicador que sube al púlpito sin oración, llega disminuido y solitario. Pero el predicador que sube al púlpito en oración, llega con una fortaleza y capacidad que no provienen de él.
Este llamado no es solo para los pastores. Todo creyente que enseña la Palabra a sus hijos, en un grupo pequeño o en una conversación está sujeto al mismo principio: lo que importa no es lo que yo pienso que el texto dice, sino lo que el texto realmente dice. Y para el que escucha, la responsabilidad es orar por quienes predican o enseñan. Porque hay una oración que puede hacer la diferencia entre un sermón que informa y uno que transforma.
La buena noticia es que el Espíritu que inspiró esta Palabra es el mismo que ilumina la mente para entenderla. No estamos solos frente al texto. Pero esa iluminación requiere dependencia — vaciarse del yo, de las ideas previas, de lo que uno quiere que el texto diga — para que el Espíritu pueda mostrar lo que realmente dice. De ahí nace la oración que todo predicador y maestro debería llevar consigo cada semana al estudio: «Señor, dame lo que no tengo para hacer lo que no puedo».
Únete cada miércoles al tiempo corporativo de oración y ayuno, y usa estos motivos como guía de intercesión.
Motivos de oración
Para que Dios levante una generación de predicadores que amen la Palabra de Dios más que su propia elocuencia. Que estén dispuestos a decir lo que el texto dice aunque no sea lo que la audiencia quiere escuchar.
Por los pastores que predican semana a semana con cargas que nadie ve; que el Señor despeje sus mentes, sostenga sus corazones y les dé en el estudio lo que no pueden producir por sí solos.
Para que el Espíritu Santo ilumine a quienes predican y enseñan Su Palabra. Que se vacíen de ellos mismos para ser llenos de Su Espíritu al momento de estudiarla y proclamarla.
Para que las congregaciones aprendan a orar por sus predicadores con la misma seriedad con que esperan ser alimentadas, reconociendo que hay una conexión directa entre la oración del pueblo y la fidelidad del púlpito.
Para que Dios libre a Sus iglesias de la predicación que entretiene, que inspira emocionalmente pero no expone la Escritura, y que renueve en Su pueblo un hambre de la Palabra que confronta, instruye y transforma.
Para que quienes enseñan la Biblia en contextos no formales: padres con sus hijos, líderes de grupos pequeños y discipuladores, para que tomen con igual seriedad la responsabilidad de manejar con precisión lo que Dios ha dicho.