«Como hijos obedientes, no se conformen a los deseos que antes tenían en su ignorancia,
sino que así como Aquel que los llamó es Santo, así también sean ustedes santos en toda su manera de vivir. Porque escrito está: “Sean santos, porque Yo soy santo”» (1 P 1:14-16).
Piensa en la última vez que te comportaste de manera distinta dependiendo de quién te estaba mirando: en el trabajo, en casa, en las redes sociales o en la intimidad de lo que nadie ve. La mayoría de nosotros conoce bien lo que es vivir en esa grieta entre quiénes somos en público y quiénes somos en lo secreto.
El apóstol Pedro escribió su primera carta a creyentes que vivían bajo una hostilidad social real: marginados, calumniados y empujados a encajar en un mundo que rechazaba su fe. Y, en medio de eso, los invitó a ser santos en toda su manera de vivir, apelando a su identidad como hijos del Dios que los llamó.
Ese es el punto de partida: el Dios que los llamó es santo. No a veces ni en algunos aspectos; Él es santo en todo Su ser. Y, como señala el comentarista bíblico Samuel Pérez Millos, en la ética bíblica el indicativo siempre precede al imperativo: primero Dios declara lo que somos en Cristo, y luego nos exhorta a vivir conforme a ello. La santidad no es el precio para ser aceptados; es la respuesta de quienes ya han sido perdonados y adoptados.
Lo que Pedro pide tiene un alcance que podría incomodar a cualquiera, porque no se trata de santidad en algunos aspectos o áreas de la vida, sino «en toda su manera de vivir». Juan Crisóstomo, reconocido pastor del siglo IV, dijo: «El cristiano no puede tener un domingo santo y seis días mundanos». No es que Dios sea un inspector celoso que está contando tus faltas. Es que una vida verdaderamente transformada no es congruente con los hábitos pecaminosos. El evangelio alcanza tus pensamientos, tus palabras, la manera en que tratas a tu cónyuge cuando estás agotado, la integridad en los detalles de tu trabajo y los entretenimientos que consumes cuando nadie te ve.
La invitación para esta semana no es a esforzarte más. Es examinar la totalidad de tu vida —los escondrijos, los compartimentos y las áreas donde has decidido que la santa presencia de Dios no es bienvenida— e invitar al Espíritu a continuar Su obra en esos lugares. Como escribe el pastor Sinclair Ferguson, la santidad progresiva no es lo que producimos cuando nos esforzamos más, sino lo que el Espíritu Santo produce en nosotros cuando nos rendimos a Su acción. Hoy es un buen día para rendir tu vida una vez más.
Únete al tiempo corporativo de oración y ayuno, y usa estos motivos como guía de intercesión.
Motivos de oración
Para que el Señor transforme nuestra manera de entender la santidad; que deje de sentirse como carga o una lista de reglas, y se convierta en la respuesta agradecida de quienes han sido perdonados y adoptados.
Para que la santidad de la Iglesia no se limite al horario de reuniones, sino que impregne el pensamiento privado, las palabras casuales, la manera en que conducimos en el tráfico, nuestras relaciones cotidianas y la integridad en el trabajo.
Para que Dios conceda a la Iglesia hispana una convicción profunda de que la vida compartimentada no es una opción, pues donde hay doble vida, hay una fe muerta.
Para que el Espíritu Santo señale con precisión las áreas de nuestra vida donde estamos viviendo como si Dios no estuviera presente, y nos dé gracia para rendirnos a Su obra en esas áreas.
Para que la Iglesia sea presentada como una novia radiante, sin mancha ni arruga, ante Cristo, no por esfuerzo propio, sino por la obra santificadora del Espíritu Santo, gracias a que Cristo la redimió con Su propia sangre.
Para que las congregaciones de Latinoamérica sean conocidas no solo por su doctrina, sino por la integridad de su vida; de modo que el mundo que las observa no encuentre argumentos válidos para criticarlas, sino que reconozca la obra sobrenatural de Dios en ellas.
Para que los líderes y pastores modelen con su vida privada lo que predican desde el púlpito, y que haya coherencia plena entre lo que se enseña y lo que se vive.