«Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste» (Jn 17:21, RVR60).
La noche antes de morir, Jesús no oró por Su propia fortaleza. No oró para que el Padre detuviera lo que se avecinaba. Oró por personas que aún no habían nacido: por generaciones que creerían en Él siglos después. Y en el corazón de esa oración hay una petición increíble: que sean uno.
Lo que Jesús pide no es simplemente que Su iglesia se organice bien. Pide algo más profundo: «Que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí y yo en ti». El estándar no es una buena amistad ni una comunidad armoniosa. ¡Es la unidad de la Trinidad misma! El comentarista bíblico D. A. Carson señala que la palabra griega para «uno» en este pasaje expresa una unidad de naturaleza y de vida compartida, no simplemente una unidad numérica. No se trata de la unidad de personas que deciden cooperar. Se trata de que el mismo Espíritu habita en ambos, el mismo Señor nos redimió y el mismo Padre nos adoptó. Lo que me une a mi hermano en Cristo no es que pensemos igual ni que nos caigamos bien; es que compartimos una misma vida.
Por eso, Pablo no dice: «Construyan la unidad», sino «esforzándose por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (Ef 4:3). La unidad no es algo que debemos alcanzar, es una realidad que necesitamos cuidar. Y eso tiene implicaciones directas para la vida cristiana.
Cuando eliges responder con humildad al hermano que te ofendió, estás guardando la unidad. Cuando te sientas junto al hermano con quien tienes poco en común y juntos participan de la Cena del Señor, estás declarando que lo que los une es más profundo que lo que los separa. Cuando resistes el chisme que te haría quedar bien a costa de otro, estás custodiando la unidad que el Espíritu estableció.
Ahora quiero que observes algo importante. Lo que está en juego en cada uno de estos casos no es solo la paz interna de la congregación. Jesús dice claramente: «para que el mundo crea que tú me enviaste». John Stott escribió que el fraccionamiento de la iglesia socava el mismo mensaje que proclama. En otras palabras, una iglesia que reconcilia lo que humanamente parece irreconciliable constituye un argumento sólido que el mundo no sabe cómo refutar. Pero una iglesia dividida por razones que carecen de peso eterno le dice al mundo que el evangelio no produce ninguna diferencia real.
Lo extraordinario es que Jesús oró esta oración en el aposento alto sabiendo perfectamente lo que vendría después: la negación de Pedro, la huida de los discípulos y siglos de divisiones y conflictos en Su iglesia. Y aun así, oró por la unidad de Su pueblo: por tu unidad con tus hermanos, incluidos aquellos que aún no conocías e incluidos aquellos con quienes te costaría relacionarte. El autor de Hebreos lo confirma cuando escribe que Cristo «vive perpetuamente para interceder» por los Suyos (He 7:25). Pero esa intercesión no nos exime de nuestra responsabilidad. Nos llama a responder, a custodiar en el día a día lo que Cristo sostiene desde el trono: en la conversación difícil, en el perdón que cuesta y en la decisión de no alimentar el resentimiento.
Eso es lo que hace posible dar el paso que muchas veces no queremos dar: hablar con quien nos hirió, pedir perdón cuando nos cuesta o extenderlo cuando sentimos que la otra persona no lo merece. No porque la relación sea fácil, sino porque Cristo no se ha rendido con ninguno de los dos.
Reflexiona en esto y únete a este tiempo corporativo de oración y ayuno, usando estos motivos como guía de intercesión.
Motivos de oración
Para que cada creyente comprenda que su relación con los hermanos no es opcional ni secundaria, sino que la unidad de la iglesia es parte fundamental de lo que significa pertenecer a Cristo.
Para que el Espíritu Santo sane las relaciones rotas dentro de nuestras congregaciones y convenza a quienes están distanciados de dar el primer paso hacia la reconciliación, aun cuando sientan que no les corresponde.
Para que Dios arranque de Su iglesia el chisme, los celos, la envidia y el resentimiento; esas formas cotidianas y silenciosas de erosionar la unidad que rara vez se nombran como pecado, pero que dividen con la misma eficacia que un conflicto abierto.
Para que los pastores y líderes modelen la reconciliación desde el frente, y no exijan de la congregación lo que ellos mismos no están dispuestos a practicar.
Para que las iglesias disciernan con sabiduría que no toda separación es pecado, porque hay verdades del evangelio que vale la pena defender aunque cuesten; sin embargo, la mayoría de nuestras divisiones no nacen de esas verdades, sino de preferencias, heridas no resueltas y ambiciones personales.
Para que la unidad visible de la iglesia sea un testimonio real ante la sociedad, de modo que las comunidades que nos rodean vean una reconciliación genuina que no puedan explicar sin Cristo.
Para que cada creyente tome en serio su responsabilidad de custodiar la unidad en lo pequeño: en cómo habla de otros hermanos, en cómo responde al ser ofendido y en cómo se conduce cuando nadie lo está mirando.